La educación en línea en el contexto de la UDG

El año pasado por estas fechas, en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), el Encuentro Internacional de Educación a Distancia del hoy extinto Sistema de Universidad Virtual de la Universidad de Guadalajara cumplió treinta y dos años. Su realización, en manos de la nueva Dirección General de Universidad Virtual y Aprendizaje Digital para Toda la Vida (UDG+), fue a la vez una demostración del cumplimiento (temporal) del compromiso de la universidad por mantener su interés en la modalidad de educación en línea y el último aliento de una época marcada por la ilusión de que la educación en línea desde la universidad podía estar al mismo nivel que la educación presencial.

La educación en línea en la Universidad de Guadalajara surgió de una mezcla inestable de tradición, innovación y política. La tradición de la educación a distancia, de la atención a minorías y grupos vulnerables, de la pedagogía para la liberación, se alía con la innovación de la tecnología digital como medio óptimo para ampliar la cobertura de la universidad a la población que tiene dificultades para asistir a sus escuelas y sus campus —innovación que, sin embargo, establece barreras similares a las de la educación presencial para los sectores de la población más apreciados por la tradición libertaria. Todo esto ocurre gracias a una voluntad política de dejar hacer, pero en un contexto laboral y político lleno de recelo, aprensión, escepticismo y resistencia a la irrupción de lo digital, que amenaza con dejar fuera a la mayoría de los miembros permanentes de la institución —inmigrantes digitales— aflojar el yugo con el que se controla a la universidad y diluir la presencia ésta, su masa física y su masa aparente, en la que se sustenta el poder del grupo universitario. En consecuencia, la educación en línea en la universidad camina con vacilaciones, entre la añoranza por una verdadera educación a distancia, el constante aplacamiento del ente tecnológico que busca tener un rol predominante y el cuidado por no pisar más callos de los estricamente necesarios.

Por treinta años se le dejó ser y hacer, dentro de ciertos límites, mientras mantuviera su distancia de los espacios reservados a la educación en presencia física; mientras no abarcara demasiado y se convirtiera en un objeto de comparación en condiciones de desventaja para su par presencial; mientras no sirviera de medio de contraste que dejara claras las profundas limitaciones de la educación universitaria ante las condiciones del nuevo siglo. No se le dejó entrar en los programas educativos con mayor demanda, como Derecho y Contabilidad, y se redujo al mínimo su incidencia sobre la normativa universitaria.

Finalmente, cuando la voluntad política disminuyó y fue necesario encontrar un culpable para el pésimo desempeño de la universidad durante la pandemia por COVID-19 por falta de competencias e infraestructura digitales, la educación en línea sufrió las consecuencias. Se le acusó de ser costosa —formar un estudiante universitario en condiciones que limitaban su acceso a la educación presencial costaba el doble que formar a un estudiante universitario típico— e incapaz de incrementar significativamente la cobertura de la universidad (apenas cinco mil estudiantes más, aunque fueran de los difíciles de alcanzar); se le redujo a un lugar secundario en el gran esquema universitario y su lugar fue ocupado por la plataforma de Google para Educación, presentada en la actividad inaugural del foro Las TIC en las IES 2025 en la FIL y disponible para toda la población universitaria.

Así las cosas, este año ya no hubo Encuentro Internacional de Educación a Distancia en el contexto de la FIL 2025. La educación en línea ha perdido su lugar en el contexto del evento cultural y educativo más importante de la Universidad de Guadalajara.

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