Acabo de leer la nota AI Is the Bubble to Burst Them All en WIRED, en la que su autor, Brian Merchant, analiza la posibilidad de que las expectativas infladas en relación a la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) lleven a inflar una burbuja como la de las empresas .com, en este siglo, o incluso peor, como las de la radio y la aviación en el siglo pasado; una burbuja que, finalmente, explote y represente pérdidas multimillonarias. Esto es, que el gran negocio de la IAG, en el que están metidas empresas del tamaño de Amazon, Google, Microsoft y NVidia, se venga abajo y se pierda la gigantesca cantidad de dinero que se ha invertido y se sigue inviertiendo en ella —incluyendo el que se estará invirtiendo proximamente, sino es que se ha invertido ya, en la creación del Centro Mexicano de Supercómputo. De acuerdo con el autor, su análisis con base en el modelo planteado en el libro Bubbles and Crashes: The Boom and Bust of Technological Innovation, de Brent Goldfarb y David A. Kirsch, sugiere que, en una escala de cero a ocho, en la que cero representa la mínima posibilidad y ocho la posibilidad máxima de ser una burbuja, el negocio de la IAG tiene una calificación de ocho; esto es, la posibilidad máxima de que sea una gran burbuja que no tardará mucho tiempo en explotar. Una advertencia temprana de la futura ocurrencia de esta explosión está en los resultados del estudio The GenAI Divide: State of the AI in Business 2025 del MIT, que señalan que
A pesar de la inversión empresarial de entre 30 y 40 mil millones de dólares en AI Generativa… el 95% de las organizaciones no está obteniendo ningún retorno.
Mucha gente que ha trabajado en el área de la Inteligencia Artificial (IA, no generativa) por años espera ese resultado. Esto sucede, en parte, debido a que ha sucedido antes con las promesas iniciales de la IA en la década de los cincuenta —por ejemplo, traducción simultánea en tiempo real del ruso al inglés, campeón de ajedrez— y con la irrupción de los sistemas expertos —en cualquier tema o tarea— en los ochenta; pero también sucede porque la IAG es esencialmente una solución de fuerza bruta que demanda gigantescas capacidades de cómputo, de energía y de recursos naturales, que la hace extremadamente costosa, especialmente considerando que no deja de “alucinar” y que la única manera de saber con cierta certeza cómo va a funcionar es someterla a un gran número de largas conversaciones al estilo de una sesión con un psicólogo, a fin de identificar si ha aprendido algo que “no debiera” o fuera capaz de hacer comentarios o recomendaciones que pudieran tener consecuencias negativas importantes para sus usuarios o la sociedad —como inducirlos al suicidio o facilitarles la construcción de armas de destrucción masiva.
La analogía de la IAG con la radio, la aviación y las empresas .com va, sin embargo, mucho más allá de su condición de generación de una enorme burbuja económica: el impacto económico y social de las segundas, una vez consolidadas y apropiadas por la sociedad, ha sido gigantesco, y se espera que lo mismo suceda con la IAG. De la misma manera en que el uso de la radio para la comunicación masiva, a escala nacional e incluso internacional—que generó fenómenos como la propaganda política nazi, la integración de naciones mediante la unificación del lenguaje y de rituales nacionales y el florecimiento de la industria de la música— la consecuente aparición de la televisión, de Internet y de las redes sociales, así como la realización de un campeonado mundial de futbol simultáneamente en tres países que ocupan un total de 21.8 millones de kilómetros y la exploración de Marte, hubieran sido considerados fenómenos propios de la ciencia ficción en 1925, necesitamos echar a volar nuestra imaginación para darnos una idea del efecto de la IA(G) a lo largo de este siglo.
Si aceptamos esta invitación a la imaginación histórica, conviene empezar por precisar qué tipo de medio es la IAG, porque de ello depende la naturaleza de su impacto. La radio no fue simplemente un nuevo dispositivo técnico, sino el primer medio capaz de hacer simultánea la experiencia social a gran escala: millones de personas escuchando la misma voz, el mismo mensaje, en el mismo momento. Para nosotros, hoy, es algo normal; pero hace cien años apenas comenzaba a ser posible. De manera análoga, la IAG no es sólo una herramienta informática más, sino el primer medio capaz de externalizar, automatizar y escalar procesos cognitivos complejos: análisis, síntesis, interpretación, redacción, programación, planeación a escala (digitalmente) global. No transmite contenidos; produce pensamiento en forma industrial.

En este sentido, la IAG podría caracterizarse como el primer medio de cognición masiva asistida no humana. Por primera vez en la historia, actividades que hasta ahora habían sido distintivamente humanas —y costosas en tiempo, formación y salarios— pueden ser realizadas, de manera aceptable, por sistemas artificiales, a una velocidad y escala inalcanzables para cualquier colectivo humano. Como ocurrió con la radio y luego con la televisión, el efecto no será simplemente una mejora incremental de la eficiencia, sino una reconfiguración profunda de las prácticas sociales, profesionales e institucionales.
Uno de los primeros ámbitos en experimentar este impacto será el de la generación de contenido: textos, imágenes, código, música, materiales educativos, informes, diagnósticos preliminares. Así como la radio industrializó la narración, el entretenimiento y el discurso político, la IAG está industrializando la generación de significado. El resultado inmediato es una abundancia sin precedentes de contenidos “suficientemente buenos”, que desplaza la escasez desde la producción hacia la atención, la confianza y la capacidad de discernimiento. En un entorno saturado de textos plausibles, el valor ya no estará tanto en escribir, sino en saber qué vale la pena leer, creer, usar o hacer.
Este desplazamiento tendrá consecuencias profundas para las profesiones basadas en el conocimiento. Durante décadas, el prestigio profesional se sostuvo en la posesión de saberes especializados y en la capacidad de producir análisis, diagnósticos o documentos complejos. La IAG erosiona ese monopolio. El experto ya no será quien “sabe”, sino quien formula buenas preguntas, valida resultados, reconoce errores y asume responsabilidad por las decisiones tomadas. Dicho de otro modo, la autoridad cognitiva se moverá desde la producción hacia el juicio. En paralelo, se abrirá una brecha enorme entre quienes usen la IAG como amplificador cognitivo y quienes la usen como sustituto cognitivo (dando lugar a la llamada deuda cognitiva). Como ocurrió con la calculadora o el GPS, una parte significativa de la población delegará progresivamente capacidades básicas —escritura, razonamiento formal, planificación— en los sistemas, mientras otra parte conservará y refinará esas habilidades para supervisar, corregir y orientar a la máquina. Esta diferencia no será trivial: tendrá efectos acumulativos sobre la educación, el empleo y la participación política.
El sistema educativo, en particular, se encuentra ante una crisis estructural. Los modelos de enseñanza y evaluación basados en la memorización perdieron sentido con el surgimiento de Internet, la Web y los teléfonos celulares; pero en buena medida hicimos caso omiso. Ahora, los modelos basados en la producción individual de textos, ejercicios o programas también pierden sentido cuando un sistema puede generar esas respuestas en segundos. La alternativa no será prohibir la IAG —como no se prohibió la imprenta ni la radio ni el Internet, si bien la prohibición de los teléfonos celulares sigue en discusión—, sino redefinir qué significa educar. La educación del siglo XXI tendrá que centrarse menos en la ejecución y más en la comprensión, la crítica, la integración de saberes y la formación ética para convivir con sistemas inteligentes.
Finalmente, en el ámbito político, los riesgos y oportunidades son igualmente considerables. Los medios masivos de comunicación permitieron tanto los discursos de Martin Luther King como han permitido la propaganda totalitaria. La IAG permitirá tanto políticas públicas mejor informadas como nuevas formas de manipulación personalizada, capaces de adaptar mensajes persuasivos a perfiles psicológicos específicos —como precedente, tenemos el caso de Cambridge Analytica. La diferencia es que, mientras la radio hablaba a las masas, la IAG puede hablar a cada individuo, en tiempo real, usando las palabras adecuadas expresadas con una voz verosímil y adaptativa. La solidez de las instituciones democráticas dependerá, más que nunca, de su capacidad para establecer normas, transparencia y mecanismos de rendición de cuentas.
Visto en perspectiva histórica, no sería sorprendente que la IAG atraviese una fase de desilusión económica, como ha sucedido antes con otras tecnologías. La burbuja explotará y muchas empresas desaparecerán, muchas inversiones se perderán y muchas promesas no se cumplirán. No obstante, como ocurrió con la radio tras la burbuja de los años veinte, con la aviación tras sus primeros colapsos financieros o con Internet tras el estallido de las .com, el fracaso de modelos de negocio específicos no implicará el fracaso del medio. Al contrario: es probable que, una vez pasada la euforia, la IAG se integre de manera más silenciosa, más regulada y más profunda en la vida cotidiana.
Dentro de cien años, es posible que resulte tan difícil imaginar una sociedad sin sistemas de inteligencia artificial generativa como hoy nos resulta imaginar un mundo sin electricidad o sin medios de comunicación masiva. La pregunta relevante no es si la burbuja explotará, sino qué tipo de sociedad emergerá después de la explosión. Una sociedad más dependiente, más desigual y más manipulable, o una que haya aprendido a convivir críticamente con máquinas que piensan sin comprender, producen sin intención y hablan sin responsabilidad.
Como ocurrió con la radio, el desenlace no estará determinado por la tecnología, sino por las instituciones, las prácticas, las decisiones colectivas y, en última instancia, el hacer individual, que construyamos alrededor de ella. En ese sentido, la IAG no es solo un problema técnico o económico: es, sobre todo, un problema político, educativo y cultural de largo aliento.
Meta reflexión recurrente
Comenzaré diciendo que los primeros párrafos de este texto los escribí yo motivado por compartir las ideas que encontré y me surgieron a lo largo de la lectura del documento al que hago referencia. No sabía nada de la burbuja generada por la radio y la analogía me causó una profunda impresión. Mi convencimiento de que no hace falta que la IAG sea tan inteligente para promover un cambio social enorme me llevó a preguntarle a ChatGPT por las implicaciones sociales de la radio, y su respuesta me dejó boquiabierto por dos razones: por las profundas implicaciones de la apropiación de la tecnología por la sociedad y por la exhibición de parte de ChatGPT de la capacidad de integración un texto que contuviera tanto conocimiento de diversos ámbitos —de comunicación, de sociología, de política, de economía— que, además, yo no poseía. En esas condiciones, le pedí que elaborara una analogía entre lo que había sucedido con la radio y lo que pudiera suceder con la IAG y me gustó tanto la respuesta que procedí a pedirle que completara mi nota, lo que procedió a hacer generando
un borrador articulado del resto del texto, coherente en tono, densidad conceptual y registro con su preámbulo… como continuación directa, no como cierre definitivo.
La versión final del texto generado por la herramienta, tras mi revisión y con varios ajustes, pero esencialmente equivalente al texto original, constituye la mayor parte de esta publicación.
Escribo todo esto por dos razones principales. La primera es reconocer que no puedo atribuirme la autoría de todo el texto; que no fue solamente mi rumiar de lecturas, de escuchas, de diálogos, lo que generó el texto, sino que también intervino otro ente, cuya capacidad de rumiado excede en varios sentidos la mía. La segunda, sugerir que la producción de esta publicación es un ejemplo del fenómeno que en ella se discute.

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