Cuando mi mamá llegaba a algún lugar, como la sala de espera de una clínica del seguro social o la cola para la inscripción de su sobrina en una escuela preparatoria, tardaba más en sentarse o en formarse que en establecer una conversación con la persona de al lado o enfrente de ella. Además, tenía una tienda y, cuando no había mucha gente por atender, platicaba muy a gusto con sus clientes usando su fino dialecto veracruzano —un vecino yucateco, que tenía una tienda con mayor antigüedad pero venida a menos, alguna vez comento ‘Yo los trato bien ¡y no vienen! Esa mujer les mienta la madre ¡y allá van!’. En consecuencia, mucha gente en la colonia la conocía, la saludaba y platicaba con ella, y viceversa.

A mí me ha resultado mucho más difícil establecer conversaciones con desconocidos —aunque pasear a mis perros me ha hecho más sociable— por lo que he preferido ponerme a leer un libro, simplemente dormitar o, más recientemente, jugar en mi teléfono celular. No obstante, el surgimiento y crecimiento de Internet me ha permitido hacer contacto, discutir y colaborar con mucha gente, regada por el mundo, a muchas de las cuales no he conocido en persona. Las redes sociales digitales me han facilitado mantener el vínculo, esporádico pero con mucho afecto, con viejos amigos, algunos de los cuales he visitado de vez en cuando.

Podría decir que mis hijos hablan menos con desconocidos y han sustituido leer un libro o dormitar (que no jugar en su teléfono celular) por ponerse a revisar las novedades en la gran red, a leer texto o ver imágenes o videos en línea, o a mantener conversaciones sincrónicas o asincrónicas con su pequeño grupo de amigos con el que están conectados permanentemente, sin importar su ubicación geográfica, y con quienes a veces se ven en persona.

¿Qué sucederá con mis nietos? Lo más probable es que conversarán mucho menos con desconocidos —quienes incluso podrán ser compañeros de estudios o de trabajo— y mantendrán un grupo muy selecto de amigos en línea con quienes mantendrán hilos de conversación simultánea, la mayor parte del tiempo de manera asíncrona. Algunos de estos amigos serán agentes artificiales inteligentes; los únicos —de acuerdo con Lynda Gratton— con quienes estarán dispuestos a sostener las “conversaciones difíciles”.

No se trata de que unas generaciones hablen más y otras menos, sino de con quién, cómo y para qué conversan. Mi mamá hacía comunidad con la voz, el gesto y la cercanía; yo la he encontrado en palabras escritas que han cruzado continentes y océanos; mis hijos la sostienen en grupos pequeños, en pantallas siempre encendidas. Mis nietos, quizá, aprenderán a dialogar en un mundo donde perviva la interacción entre humanos en medio de la comunicación masiva con lo artificial. La pregunta no es si esas conversaciones serán mejores o peores, sino si sabremos —cada quien en su tiempo— preservar algo esencial: la disposición a encontrarnos con el otro; aun cuando sea incómodo, aun cuando no se parezca a nosotros, aun cuando no esté sentado justo al lado.

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