El pasado fin de semana me enteré de los resultados de una encuesta nacional realizada por la Secretaría de Educación Pública (SEP) sobre usos y percepciones sobre la Inteligencia Artificial (IA) Generativa (IAG) entre estudiantes y profesores de educación superior en México, en la que participaron cerca de un millón y medio de estudiantes y más de ciento cincuenta mil docentes adscritos a una diversidad de instituciones públicas y privadas, federales, estatales y locales.

Como era de esperarse, la encuesta confirma la penetración del uso de la IAG en la comunidad de educación superior en el país: más del 93% sabe de la existencia de la Inteligencia Artificial Generativa, más del 60% la usa al menos una vez a la semana y más del 85% la usa al menos algunas veces al mes. Sin embargo, lo que no esperaba es que la diferencia de uso de IAG entre docentes y estudiantes fuera tan pequeña: 7% en uso al menos algunas veces al mes y 6% en uso semanal; lo cual sugiere que los docentes son tan proclives a usar nueva tecnología como sus estudiantes, siempre y cuando perciban la utilidad de hacerlo y su uso sea relativamente fácil.

Es importante aclarar que, si bien el reporte habla de que ‘La IAG ya se utiliza en proceso de aprendizaje’ los porcentajes de uso comentados arriba no se refieren explícitamente al uso de la IAG en los procesos educativos de (auto) formación docente, enseñanza ni aprendizaje; la encuesta solamente hace referencia implícita a la consulta de información y explícita a la producción de contenidos (texto, imágenes, código, videos, etc.) y al apoyo emocional. No obstante, alrededor del 80% de los participantes consideran que la IAG es una herramienta útil en la realización de tareas complejas como analizar, razonar, reflexionar, crear e imaginar, propias del ámbito educativo, en tanto que alrededor del 70% considera que su uso de la IAG ha contribuido a mejorar su desempeño educativo, lo cual puede muy bien referirse más a las calificaciones obtenidos en métricas usadas para evaluarlo que a los procesos subyacentes de enseñanza y aprendizaje.

Si bien ni docentes ni estudiantes se consideran usuarios avanzados de la IAG (evaluándose con un promedio de 5.1 en una escala de cero a diez) la mayor diferencia entre los dos grupos en toda la encuesta está en su percepción de necesidad de capacitación, pues mientras 91% de los docentes consideran que necesitan ser capacitados para el uso de la IAG, solamente el 76% de los estudiantes consideran que necesitan la misma capacitación.

Con base en los resultados de la encuesta, la SEP propone diez ‘principios de acción para un uso ético y crítico de la IAG en la educación superior mexicana’, los cuales se citan textualmente a continuación:

  1. Reconocer que la IA ya está en las universidades e instituciones de educación superior.
  2. Establecer lineamientos institucionales claros para su uso ético, crítico y con propósito.
  3. Impulsar la formación docente y la literacidad digital como prioridades nacionales.
  4. Transformar los planes y programas de estudio para la era de la IA.
  5. Repensar los modelos de evaluación académica.
  6. Garantizar la literacidad en IA para las y los estudiantes.
  7. Establecer mecanismos de colaboración para reducir brechas en acceso, capacidades y gobernanza.
  8. Incorporar la perspectiva de género en la política educativa sobre IA.
  9. Atender el bienestar estudiantil en la era de la IA.
  10. Fortalecer y transversalizar las humanidades y las ciencias sociales en la formación universitaria.

Con ellos la SEP reconoce el problema (Principio 1) de que la IAG, que está transformando las prácticas laborales y sociales, está también en las aulas y la mayoría de los estudiantes y los docentes la están usando, sin directrices claras de cómo hacerlo adecuadamente, lo que sugiere la posibilidad de surgimiento y crecimiento acelerado de la práctica de simulación educativa en la que la IA enseña, hace la tarea y la evalúa, así como de algunas de sus variantes (p. ej., la IA hace la tarea y todo lo demás sigue igual).

Las propuestas de acción educativa, dada la magnitud del problema, son débiles. De los diez principios propuestos:

  • Tres atienden cuestiones generales, como dar prioridad al bienestar de las nuevas generaciones (9), atender las diferencias de género (8) y establecer mecanismos de colaboración para atender el problema de manera equitativa (7).
  • Dos apuntan en la dirección de mejorar la literacidad digital de la comunidad (3 y 6), lo que usualmente deriva en capacitación para el uso más eficientemente algunas herramientas e incrementar con ello la capacidad para hacer mejor y más eficientemente lo que se está haciendo ahora.
  • Otros dos apuntan en la dirección de controlar y vigilar mejor lo que hacen los estudiantes con la IAG (2 y 5), que se puede interpretar como reacciones del sistema educativo para la protección de su operación actual.

Nos quedan entonces solamente dos principios abocados a una transformación de la educación. El más esperanzador es el de ‘transformar los planes y programas de estudio para la era de la IA’ (4), que se empata con el reconocimiento de la necesidad de ‘abrir un debate amplio, serio y contextualizado sobre qué tipo de aprendizajes vale la pena promover en una era atravesada por la IA’ en el texto que acompaña al Principio 5. Sin embargo, el texto explicativo del Principio 4 deja claro que la transformación de los planes y programas de estudio contempla solamente la introducción de la IA como objeto de estudio y su uso con fines pedagógicos —un ajuste pedagógico adicional al de ‘transitar de la verificación de productos hacia la demostración de competencias’. El otro principio (10) implica reincorporar las humanidades y las ciencias sociales al currículo universitario, para promover el desarrollo del pensamiento crítico, del juicio ético y del pensamiento complejo.

En síntesis, la propuesta consiste en formar a los estudiantes y a los docentes en la nueva tecnología y en las herramientas cognitivas y afectivas necesarias para usarla en su beneficio y el de su comunidad; con ello se las ingeniarán para saber qué (deben) hacer en un sistema educativo que, por lo demás, no tiene intenciones de cambiar mucho.

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